13 abril, 2011

VIÑETAS DE CULTURA POPULAR Nº 11

ELOGIOS NOBELÍSTICOS

En Homenaje a MARIO VARGAS LLOSA




Elogio de San Marcos




Mario Vargas Llosa, el célebre sanmarquino, ganó el Premio Nobel de Literatura "por su cartografía de las estructuras del poder y de las imágenes de la resistencia, la rebelión y la derrota del individuo”. Ingresó a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos a estudiar Derecho y Literatura y participó en la política universitaria a través del grupo Cahuide, nombre con el que se mantenía vivo el Partido Comunista Peruano. “Con un puñado de sanmarquinos –dice Mario- preparaba la revolución mundial”. “El laureado escritor inició su relación con la Decana de América en 1953, a los 17 años de edad, en que ingresó para estudiar Letras y Derecho. En 1958 se graduó de bachiller con la tesis Bases para una interpretación de Rubén Darío, trabajo que le valió una beca a Francia en donde iniciaría su exitosa carrera literaria”.




Discurso pronunciado por el Nobel de Literatura en la Casona de San Marcos el 30 de marzo del 2011. “Los años sanmarquinos fueron para mí fundamentales desde el punto de vista intelectual, desde mi formación literaria y también desde mi formación cívica. Nunca me he arrepentido de haber ingresado a la Universidad de San Marcos y haber pasado aquí seis años”. “San Marcos había sido a lo largo de su historia una institución inconforme, rebelde, donde se había soñado con un porvenir distinto para nuestro país. De esta universidad, no hay que olvidarlo, han salido las grandes figuras intelectuales del Perú, figuras que tanto en los dominios científicos como en las humanidades han representado la flor y nata de nuestro país”. “San Marcos es una institución antigua, como decía Arguedas, la antigüedad es un valor, y pues uno de los valores peruanos es esta universidad, la más antigua de América, siempre un foco extraordinario de ciencia, de trabajo intelectual, de investigación, de creación, y también una institución que ha luchado incesantemente por la libertad, por un mundo mejor que el que tenemos, por un mundo de mayor igualdad, de mayores oportunidades, de mayor tolerancia, un mundo sin violencia, sin represión, un mundo que esté de alguna manera a la altura de las mejores cosas que ha dado a lo largo de la historia nuestro país”.






Elogio de Patricia Vargas Llosa


Cuentan que una noche estando Mario escribiendo, Patricia -la bella dama, compañera de vida, esposa y “prima de naricita respingada” del laureado escritor-, entró al escritorio sigilosamente en voluptuosos paños menores absolutamente convencida que Mario dejaría de escribir y se entregaría a los placeres carnales. Mario, como siempre concentrado en sus escritos, miró de reojo y sin prestar mayor atención, le dijo: “Paty abrígate, te vas a resfriar”. Sin decir palabra alguna, visiblemente enfurecida y frustrada, Patricia regresó a su habitación. Precisamente este estado de cosas -el poco interés en asuntos sexuales o la probable impotencia del Nobel de los que sólo Dios y Patricia lo saben; pero, problema de lecho al fin-, era la principal razón por la que ella al reñir con Mario acostumbraba enrostrarle, una y otra vez, diciéndole: “Mario, para lo único que tú sirves es para escribir” ”; pero el incauto Mario lo tomaba como elogio.




En su discurso “Elogio de la lectura y la ficción” pronunciado en Estocolmo al recibir el Premio Nobel, Mario Vargas Llosa, el genial escritor, se mostró ingenuo ante la intuición femenina. Con lágrimas en sus ojos y con voz quebrada dijo que Patricia le elogiaba diciéndole “Mario, para lo único que tú sirves es para escribir”. No tenía por qué Mario revelar tan dramáticamente ante millones de televidentes del planeta algo que debía estar oculto debajo de las sábanas. Sorprendida Patricia no logró ocultar su rubor pues Mario, aunque sin proponérselo, pregonaba ante el mundo que ella era exigente en la intimidad -envidiable privilegio en una mujer a diferencia de tantas frígidas-, a cuya altura, al parecer, no llegaba Mario.




Elogio del Gabo




Ha transcurrido varias décadas sin saber por qué motivos exactamente Mario le descargó (en 1976) un puñetazo al rostro de Gabriel García Márquez noquéandolo. Ahora, al fin, se sabe. Dicen que en una reunión social, Gabo logró estar a solas con Patricia, esposa de Mario, de quién el autor de Cien años de soledad estaba subrepticia y pecaminosamente enamorado. Mario, copa y cigarro en mano, tertuliaba en la otra esquina con otros escritores. Gabo animado por las copas y ante la belleza de Patricia y asegurándose que Mario no le escuchara, le dijo. -Oye Patricia, ese tu primo Mario con quien te has casado, problemas te puede traer y lo que te aconsejo es que te separes de él. En realidad Gabo abrigaba la temeraria esperanza de que algún día Patricia cayera en sus brazos. -¿Y cuál sería la razón para separarme de Mario?, inquirió Patricia. -El tema es que está probado –explicó Gabo- que en un matrimonio entre primos sus hijos nacen con “cola cartilaginosa en forma de tirabuzón y con una escobilla de pelos en la punta”, es decir, corres el riesgo que tus hijos nazcan con cola de cerdo. Y para que la cosa fuera convincente para Patricia, Gabo ilustró con testimonios de tales casos en Colombia. Llegados a casa, la fiel Patricia riéndose contó a Mario todo lo conversado con Gabriel. Al día siguiente la prensa mundial dio cuenta del célebre puñetazo.




Elogio hurgando a Alvaro, Gonzalo y Morgana Vargas Llosa




Según dicen, tener hijos en una relación entre primos -como es el caso de Patricia y del Nobel y marqués Mario Vargas Llosa-, siempre había la probabilidad de que hubiera trastornos genéticos y nacieran hijos con malformaciones congénitas. Mito o realidad. Ambas cosas es verdad y hay muchos testimonios sobre ellos. Mi amigo Ambrosio insiste a que a él le late que cuando menos uno de sus hijos de Mario, si no es los tres, tiene alguna alteración anatómica pero que se los ingenian para pasar desapercibidos. Por ejemplo Álvaro se fue del país al igual que Gonzalo, según Ambrosio, para no despertar sospechas. Si te fijas –dice Ambrosio- Álvaro en sus apariciones públicas siempre lleva una chompa colgada por su cuello cubriendo toda la espalda hasta por debajo de sus nalgas, o cuando usa terno, verás que su saco se prolonga un poco exageradamente y si auscultas visualmente notarás una ligera protuberancia por el lado de su trasero. Por eso deduzco que Álvaro tiene una “cola de cerdo” pues, según cuenta Gabriel García Márquez en Cien años de soledad los hijos de la relación entre primos nacen con “cola cartilaginosa en forma de tirabuzón y con una escobilla de pelos en la punta”. Me late también –continúa diciendo Ambrosio- que la bella Morgana podría tener también la misma suerte de Álvaro, aunque su hermoso cuerpo no lo delataría fácilmente.






Elogios de la tía y de la prima




El Nobel peruano Mario Vargas Llosa se casó con su tía, se separó y se casó con su prima Patricia, su actual esposa. ¡Se casó con su tía, ahora está casado con su prima! ¡outsider nato¡ Crema y nata de persona anómica (conducta que no se ajusta a las normas o costumbres establecidas). Me ruborizo tanto que se me escarapela la piel cuando pienso así: yo casarme con mi tía y luego con mi prima; y se me viene a la mente la imagen de una de mis tías más guapas y de una de mis primas más bellas. Inconcebible. Pecaminoso. Escandaloso. Pero el caso de su tía-esposa de Mario, la boliviana Julia Urquidi Illanes (la Tía Julia), no es tan escandaloso como parece, pues en realidad no es su tía, por las venas de ella no corre la sangre de Mario. Julia, 10 años mayor que Mario, es hermana de la esposa de su tío Lucho, Olga Urquidi, mamá de Patricia. Es decir, si yo me caso con la hermana de la esposa de mi tío, no es, en realidad, mi tía; así pos sí. Mario y Julia se casaron subrepticiamente en Chincha y su papá (de Mario) nunca le encontró in fraganti a pesar de que correteó por todas las iglesias de Chincha con pistola en mano por oponerse al matrimonio de un menor de edad seducido por una mayor (y bien mayor). El caso de Patricia -hija de su tío Lucho y su tía Olga- sí es de verdad. Mario está casado con su prima legítima. Es escandaloso o es normal. Depende. Pero para mí es escalofriante, aunque valdría la pena probar.




Elogio de Hernando de Soto


Recuerdo -como seguramente recuerda cualquier peruano- haberme quedado embelesado (y despalabrado) cuando en abril de 1993 escuché en la televisión (Canal 5) a Hernando de Soto diciendo con absoluta altisonancia que Mario Vargas Llosa era “un hijo de puta” ¡¿Cómo?! se escandalizó y se ruborizó el periodista Denis Vargas Marín y Hernando volvió a repetir pausadamente diciendo que Mario era un “hi-jo de pu-ta”), dejando a Denis en absoluta consternación y boquiabierta a los televidentes. Resulta que el hoy Nobel y marqués Mario Vargas Llosa, entonces era un simple escritor que llevaba en sus espaldas el pesado fardo de su aún lacerante frustración de su desmedido propósito de -además de ser afamado escritor-, ser presidente de la República del Perú. Había Mario publicado el libro El pez en el agua, en él hacía referencias a Hernando en tono de ajuste de cuentas pues en la campaña presidencial no le habría apoyado como debiera. Hernando es –decía Mario entre otras cosas- vanidoso, susceptible como una dama, con poses aristocráticas”. El periodista los leyó estos pasajes y pidió la opinión de Hernando de Soto y éste opinó a quemarropa así: “Mario es un hijo de puta”.












RÉQUIEM PARA LAIKA






Recuerdo que en algunas conversaciones sobre mascotas, cuando mi interlocutor me preguntaba: -¿Nemesio, en tu casa tienes algún animalito?, yo le respondía: –Bueno sí, aparte de mis tres hijitas, tengo una perrita. Les causaba gracia. ¿Perrita?, perrota. Laika era relativamente grande. Traviesa, juguetona, cariñosa, callejera, corredora, solterona, sin prole, fiel; pero eso sí, absolutamente mansa y tolerante que era capaz de mostrar cariños al ladrón que viene a casa. Durante 18 años compartió nuestras vidas. Fue envejeciéndose, adquiriendo un caminar pausado y con achaques propias de su edad y desahuciada ya por los médicos, se marchó para siempre, causándonos tristezas y lágrimas.




Era una empedernida callejera. Le encantaba andar en la calle con nosotros. Un día, como solía hacer con frecuencia, fui con ella a recoger a mis tres hijas al colegio. Para no caminar la poca distancia, decidimos abordar un micro al que también subió Laika. Cuando estuvimos próximos a bajar, se abrió la puerta antes de parar y Laika –creyendo haber llegado ya- repentinamente se lanzó al suelo y rodó, y de qué manera. A la pobre lo vi que viraba enrollada tratando de reponerse sin conseguirlo. Era fácil deducir que Laika en ese momento que duró segundos, perdió conciencia de sí, no sabía en qué lugar estaba su cabeza, sus patas y dónde su desparramado estómago; y, al fin, tomado ya forma su maltrecho cuerpo, absolutamente confundida y desesperada pretendió correr –en su estado de Aleph- al norte, al sur, al oeste y al este, a la vez, sin saber exactamente dónde estaban esos puntos y dónde nosotros; hasta que recobró conciencia al escuchar su nombre gritado por nosotros que en fila india corríamos hacia ella. Mostrándose feliz después de la tormenta, se repuso sin muestras de encono hacia nosotros por el descuido, al contrario nos llenó de lamidas cariñosas.




Un día llegué a casa en momento en la que no se encontraba sino sólo ella, Laika. Entrando a la cocina noté que en el piso alrededor de la refrigeradora había líquido discurrido de un color ligeramente amarillo. ¡Maldición, Laika se orinó! grité a mis conciencias. En segundo mi preocupación se convirtió en pánico, pues por asalto entró a mi mente la idea de que así, Laika se habituaría a orinar en casa sin que después pueda hacer algo para evitarlo. Y recordé el consejo que reza que a los animales para que no vuelvan a hacer lo que no deben, se les debe gritar y castigar con firmeza como escarmiento. Cogí un pedazo de manguera que por ahí encontré, ¡Laika, ven aquí!, grité. Ella, intuyendo que nada bueno le esperaba titubeó, pero vino. Cogí su cabeza con mis dos manos sin signo de violencia y llevé su hocico hacia el charco y con aplomo de autoridad chillé ¡Aquí no se orina! y ¡zas!, le di un manguerazo, otro y otro, animado con la idea de que el buen oficio del latigazo daría resultados y Laika nunca más se orinaría en casa, por consiguiente bien valía la pena el mal necesario de mi proceder. La pobre en una actitud de quien no se explica de qué demonios estaba sucediéndole y por qué se merecía semejante paliza propinada por su amo, se limitaba a mirarme inerme, convencida que había yo enloquecido. Hasta que en ese momento de la faena entró mi esposa y alertada por tan extraño conjuro se explicó pronto lo que estaba sucediendo. -¡El agua desparramada no es orine de Laika sino proviene de la refrigeradora!, ¡AnimaI!, me espetó. ¡¿Cómo!?, grité más confundido aún. Y era que no habiendo energía eléctrica por alguna razón, al parecer por horas, había deshielo y el agua había discurrido. Laika no tenía nada que ver en el asunto. Y, ¡ahora qué!, la agresión injusta estaba perpetrada y lo que hice fue ir a su encuentro, pues ella, ya se había puesto a buen recaudo. La abracé, pedí disculpas una y otra vez y, más confundida todavía, Laika me miró y dio muestras de cariño como diciéndome: te perdono, te sigo amando igual. ¡No estaba resentida! Similar confusión con una persona humana, con mi esposa por ejemplo, habría sido suficiente para que ni siquiera me dirigiera una palabra por semanas, por meses; acaso, por siempre.




¡Laika a bañarse! Para ella era aterrador escuchar estas palabras. Temía a la ducha, al agua y buscaba inútilmente desaparecer. Pero una de mis hijas tenía formas de convencerla y lograba que entrara, aunque de mala gana, por propia voluntad a la ducha; y no era fácil bañarla por su tamaño. Mi hija, muy apegada a Laika, y con conocimientos de Veterinaria, le ofrecía atenciones especiales; le cortaba las uñas y las pintaba, le fabricaba sus atuendos, les ponía anteojos, llevaba al médico en caso necesario, tenían frecuentemente sesiones de fotografía, etcétera.




Corredora por instinto, una noche Laika corrió al encuentro de otra de mis hijas e intempestivamente cruzó la pista y ¡zaz! un auto la atropelló. Fue lanzada a varios metros, se repuso y caminó hacia la casa emanando sangre por algunos lugares de su cuerpo. Revisándola no había lesiones de gravedad sólo cortes en la piel en su cuerpo y en sus patas (huellas que quedaron hasta su muerte). Vino a casa un veterinario y lo primero que hizo fue aplicarle un somnífero y así dormida llevé al consultorio quedando “internada”. Pasado el efecto, una gran soledad y tristeza pudo haberle embargado por encontrarse no se sabe dónde, con quiénes ni para qué. Una vez curada y aún maltrecha, volvimos a casa. No cuento más anécdotas por razones de tiempo y espacio. Laika, descansa en paz, te echamos a menos, siempre te recordaremos.